domingo, 2 de noviembre de 2008

Paz

Después de un día lleno de momentos irrepetibles, cansado, pero sobre todo lleno de Dios, estaba en un kayak voluntariamente a la deriva. El sol hace rato que se había ido dormir y ni se despidió. Acostado puedo ver el cielo y en él millones de estrellas saludando solemnemente como si fuera la primera vez. Un murciélago pasa volando como alma que lleva el viento y chilla un "buenas noches" en la oscuridad. Mis pies están fríos como si estuvieran en hielo y mi pantalón mojado por tirarme desde la tiroleza al lago. La brisa, vieja amiga, me envuelve mientras empuja mi nave y suspira palabras de aliento a mi oído. El agua se dedica a hacer mi estancia lo más comoda posible y mueve mi barquito de un lado a otro como si fuera una hamaca.

A lo lejos el rumor de pláticas y el abrazo de Dios sobre todas ellas. Música y el sonido de los cubiertos sobre los platos llenándose una y otra vez de pozole. Un estallido de risas ocasional y un niño distante pidiéndole a su mamá otro churro. Abajo el sonido del agua murmurando historias del universo. Arriba las estrellas contando lo que han visto en la tierra. Y la sorpresa con que descubrí la luna en mi cabeza. Tocaba sólo mostrarse en forma de cuna brillante. Como diciendo que hoy había que recostarse y ver el cielo y las estrellas y respirar la brisa y escuchar las risas y saludar al murciélago y dejarse llevar por el lago y sentir el amor de Dios. Y entonces me daba cuenta de la gracia que se me había concedido. Haber encontrado tan lejos de mi casa a alguien con quien compartirlo.

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